Eraide
La Canción de la Princesa Oscura
miércoles, 16 de mayo de 2012
V - Bajo el mismo cielo
En el habitual lugar de reunión que era la cocina, se encontraban Adriem, Eliel y Dythjui. El primero acababa de llegar y había dejado sobre la mesa un paquete atado con una pequeña cuerda. La llegada de Adriem interrumpió la conversación de las dos mujeres sobre lo diferente que era la vida en Kresaar y en Tiria.
- ¡¿Quieres que me disfrace?! - exclamó Eliel al ver las ropas que había dentro del paquete: una falda larga de color marrón con dibujos geométricos en dorado y un corsé de color negro, con una blusa blanca y una capa con capucha marrón oscuro.
- Agradecería que no chillases, el salón está aquí al lado. Es sólo por unos días. Sabemos que te buscan, y una doalfar llama mucho la atención en esta ciudad - se explicó Adriem - Además, han hecho circular tu descripción entre los cazarrecompensas. No podemos arriesgarnos.
- No, me niego - dijo Eliel desviando la mirada, muy contrariada.
- Con un poco de maquillaje parecerías una... - A Adriem no le dio tiempo de terminar la frase.
- ¡Una delven! - exclamó levantando los brazos, escandalizada - ¡Vamos, lo que faltaba! ¿Acaso no te entró en tu dura cabezota lo que hablamos ayer?
- Pues sólo hay otra opción - Adriem se levantó, agarró por el brazo a la muchacha sin mucha compasión y la llevó escaleras arriba. Ella se resistía y pataleaba, pero era imposible deshacerse de aquel recio brazo que la agarraba. Adriem la empujó dentro de su habitación y cerró la puerta. Se oyó un golpe seco.
Eliel tiró para intentar abrirla, pero sus sospechas se vieron confirmadas. Adriem había trancado la puerta por fuera.
-¡Abre, maldita seal ¡No puedes encerrarme como a una prisionera! -N o se oyó ninguna respuesta-. ¡Maldito comúnl ¡Te exijo que me abras! - gritó golpeando la puerta - ¡Adriem!
Dythjui se quedó mirando a Adriem, que bajaba la escalera haciendo oídos sordos a las exigencias de Eliel.
- Suerte que la zona privada está separada del resto. Esa muchacha tiene buena voz. Sería una buena cantante - dijo el guardia.
- Creo que te has pasado. Mira que arrastrarla de esa forma... - Dythjui estaba a punto de argüir que era una invitada y no la podían tratar así, pero Adriem interrumpió su discurso.
- Hazme caso. Sólo será cuestión de unas horas. Es como una niña pequeña - dijo dedicándole a Dythjui una sonrisa de complicidad.
- A veces pienso que detrás de esa apariencia tuya de buen chaval se esconde algo de maldad.
- Exageras - Adriem extendió la ropa sobre la mesa.
- Vaya, tienes buen gusto para la ropa pese a que eres un hombre. Creo que le quedará bien si decide ponérselo -dijo Dythjui, tomando una de las prendas para probársela por encima.
- Lo hará.
jueves, 10 de mayo de 2012
IV - Soñando con un mañana
Tener que estar allí, escondido para servir como enlace para Idmíliris, lo aburría. Llevaba ya una semana en Tiria, metido en aquel antiguo reloj, saliendo solo a la calle a primeras horas de la mañana para comprar algo de comida, sirviéndose de una capucha para taparse las orejas y no llamar la atención de nadie. Esperar... Esperar y controlar a aquella insensible criatura capaz de sacarte los intestinos mientras hacía un chiste sobre ello. Aquella noche se estaba retrasando. A lo mejor la búsqueda de alguna pista sobre la doalfar no había sido tan fructífera como ella auguraba. Tiria era una ciudad grande, llena de recovecos. Encontrar a alguien allí no era una tarea ni rápida, ni fácil.
Se puso tenso al advertir una presencia a su espalda, que no podía ser otra que la bufona. Apareció sin hacer ruido, como siempre.
- Te has retrasado treinta y cinco minutos.
miércoles, 2 de mayo de 2012
III - El canto de la luna llena
La noche había caído, y la luna aparecía radiante a través de los ventanales del comedor de la posada. Poca gente quedaba, puesto que la mayoría se había ido a dormir. Agnes se había marchado, y Dythjui acababa de recoger los platos. Dejó los últimos en el escurridor y se acercó a la mesa donde cenaba una meditabunda Eliel. Dythjui llevaba un vestido negro, algo ceñido por la cintura, con un delantal blanco encima. Eliel se había vuelto a poner sus ropas, que se habían secado ya al calor de la chimenea, y unos zapatos que la joven casera le había prestado.
- Casi no has comido y eso que parecía que tuvieras hambre - dijo sentándose en la mesa -. ¿No está bueno?
- No es eso, lo siento, es que estoy preocupada. Me deben de estar buscando, pero ese hombre... - Eliel se encogió, aun veía la sonrisa de Siril cuando cerraba los ojos. El miedo a sentirse acorralada, sola, perdida, la caída del puente... Todo se había quedado grabado a fuego en su memoria.
- ¿Hombre?
- Sí... yo... esto... - Se quedó callada. Pero ¿qué hacía? ¿Por qué tanta confianza con esa humana? Porque se sentía sola - Verás... - las palabras se le atragantaban por los recuerdos -, yo venía aquí para recoger unos libros...
Y Eliel, tal vez por sentirse aliviada, contó su historia a aquella humana. Si sus amigos la hubieran visto intimando con una común se habrían reído de ella. Pero necesitaba que la escuchara alguien, y Dythjui la había tratado muy bien. Sin duda mejor de lo que ella habría hecho nunca a una común y se sentía un poco culpable por ello.
miércoles, 25 de abril de 2012
II - La danza de las sombras
Las llanuras de Tiria, salpicadas de campos de trigo y cebada, formaban un intrincado tablero de ajedrez en tonos de verdes y ocres. Por ellas avanzaba el ferrocarril mientras el sol se ponía. La mole de metal escupía humo y vapor, seguida por cinco vagones, dos de pasajeros y tres de mercancías. Esa maravilla de la mecánica era considerada uno de los mayores logros del ingenio humano. Permitía el transporte a gran velocidad por tierra, y aunque no eran tan eficaces como los aerobuses Aesir, eran más baratos de mantener. Una enorme caldera calentaba el agua y generaba el vapor que, a través de un sistema de pistones y válvulas, creaba el movimiento que se transmitía a las seis ruedas de la locomotora.
En su monótono traqueteo, la máquina silbó anunciando su paso a unas cabezas de ganado que pastaban cerca de la vía. El agudo silbido sacó a Eliel de sus ensoñaciones.
miércoles, 18 de abril de 2012
I - Los días en los que el destino se durmió
Anoche tuve un sueño:
Vi tinieblas y ceniza cerniéndose sobre un bello campo de lanzas y flores.
En medio había una niña triste y sola, que lloraba cubierta por un manto de escamas.
Desconsolada, llamaba una y otra vez por sus nombres a personas que no conocía, pero a la vez añoraba.
Un caballero de reluciente armadura pasaba por el campo montado en un alazán.
Conmovido por la escena, le ofreció la mano y llevarla con ella.
La muchacha dejó de llorar y le asió la mano, tiró de ella. El caballero no lograba zafarse. Forcejeó con la mano de la niña hasta quedar exhausto. Entonces cayó al suelo y su caballo se alejó.
La niña le soltó la mano y le dijo que se fuera, mas el noble caballero no ser marchó.
Ella le imploró que se alejara, que no quería que de hambre muriera.
- He perdido mi caballo - respondió - ya no tengo a dónde ir. Tal vez muera, pero hasta entonces no tendrás que llamar a nadie para que te acompañe en el llanto, pues me quedaré a tu lado.
Desperté entonces en sudores. Apenada, una lágrima me resbaló por la cara al pensar en aquella triste historia… y supe entonces que aquella niña era yo, y aquellos eran mis recuerdos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

